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jueves, 28 de marzo de 2013

¿Respetar al intolerante?


El domingo pasado miles de personas -340.000 según la policía, 1.4 millones según los organizadores – se echaron  a la calle en París para intentar parar  la ley que permitiría el matrimonio gay en Francia. “Todos nacidos de un hombre y de una mujer” rezaba el eslogan de la manifestación.
Ahora resulta que permitir que una pareja del mismo sexo tenga los mismos derechos que una heterosexual va a cambiar las leyes básicas de la biología. 
Desde las filas de la manifestación se le pedía al gobierno galo que se ocupara de la difícil situación económica y que “dejara en paz a las familias”, alegando que permitir el matrimonio gay “cambiaría la sociedad completamente al negar la paternidad y la filiación natural”.
Sí, hay que respetar a los que piensan de una forma diferente. Hay que ser tolerante con los que ven el mundo desde otro prisma distinto al propio. Pero sinceramente, no creo que se merezca respeto alguno  el que no hace lo propio con los derechos ajenos; el que niega un derecho básico como poder compartir tu vida con quien quieras teniendo los mismos privilegios legales que todo hijo de vecino. Ah no, perdón, cualquiera no, que estamos hablando de  homosexuales  y no pueden criar y educar a los hijos como Dios manda.
Hace un par de años, cuando tenía 7, mi hija me preguntó qué era un “gay”. “Un chico al que le gustan otros chicos en vez de las chicas” le respondí yo. “Ah”, me dijo mi niña. Y siguió comiendo sus cereales como si nada. Ni un gesto de asombro, ni de rareza, ni nada que me pudiera hacer sospechar que le pareciera  algo “anormal”, término que he oído a más de uno a la hora de referirse a la homosexualidad, haciendo gala antes, eso sí, de su modernidad a la hora de aceptar a la comunidad gay.
“No, si son muy majos. A mí me caen que te cagas, pero no me irás a decir que eso es muy normal; lo normal es que un hombre esté con una mujer. Para los niños no puede ser bueno eso de tener dos padres o dos madres, pues menudo lío en la cabeza le vas a hacer a los críos”.  Os suena ¿verdad?
Hace unas semanas mi hija me volvió a preguntar por el tema:
 -Mamá.¿Qué es una lesbiana?
-Una chica a la que le gustan otras chicas en vez de los chicos- le expliqué yo.
Dos años después de que me preguntara por los gays, volvió a reaccionar de la misma manera cuando supo lo que significaba ser lesbiana. No se extrañó, ni puso cara de asombro  ni nada parecido. A lo mejor la definición de lo que es o no normal es algo que nos inculca nuestro entorno más próximo. Si a todos se nos enseñara que lo normal es respetar a los demás y luchar porque la orientación sexual no sea motivo de discriminación, lo que parecería una aberración es que una ciudad como París se eche a la calle contra una ley que permita el matrimonio  homosexual. A mí desde luego eso no me parece muy normal. Seré un bicho raro.



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