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lunes, 15 de septiembre de 2014

Fuerzas



Esta noche tenemos una cena en casa de Vanessa  y Raúl, y pasarme las tres o cuatro horas mínimo que estaremos allí con el gorro de lana puesto no es una opción. Así que, fiel a mí misma y a mi manía de dejarlo todo para el último momento, unas horas antes  me voy con Carol a ver pañuelos de oncología. Febrero no tiene piedad  y nos brinda una tarde con un frío que corta, de esos que hace que te duela el pecho sólo con respirar hondo. Aun así,  los chicos nos acompañan y mientras peregrinamos  por el centro de Madrid, aprovechan que Antonio tiene un amigo en Radiolé  para  llevar  a los niños a visitar los estudios de la SER.
   Tras probarme varios modelos me decido por uno marrón que tiene una cinta de raso en el borde, con un estampado de flores. También he comprado uno liso, tipo turbante, para estar en casa y dormir. La señora que me atiende  me insiste en que  los de esa casa son los más cómodos y más calentitos.
-En cuanto te rapes vas a tener frio reina –me dice mientras me lo ajusta para que vea como me queda – aunque estés en casa, lo notarás enseguida. Y además, tú te tienes que ver bien todo el rato, es muy importante que te sientas guapa.
 Es curioso, pero me hace hasta ilusión, como cuando te compras una cazadora nueva, así que el poco pelo que me queda lo escondo dentro de una media transparente y me lo llevo puesto. Cuando bajamos a Gran Vía y  me ves, no dices nada. Sólo sonríes con ternura y me das un beso. Claudia está jugando con Izan y ni se da cuenta. Sara sí, no se le va una:
-Mamá ¿Por qué llevas ese pañuelo?
-¿¿Qué tal estoy?? ¿A que me queda bien?
Al final sonríe y se encoge de hombros. –Bueno, si a ti te gusta…. Estás muy guapa, pareces una morita.
   Cuando llegamos a casa Carol y yo nos las apañamos para quedarnos un rato  solas antes de prepararnos para la cena de esta noche. Yo lo estoy temiendo: el momento que más he querido evitar  desde que empecé la  quimio ya está aquí, sé que de esta noche no puede pasar y las mariposas de mi estómago se empeñan en recordármelo cada segundo.
-Ale, hay que hacerlo ya. Mientras antes lo hagas mejor vas a estar, no puedes seguir así, es una agonía –. Una vez más puede leer lo que me está pasando y me da el último empujón porque sabe que no me atrevo aún a dar el paso.
Al final coge la máquina, una silla, una toalla y me sienta delante del espejo. Yo me dejo hacer, sin decir nada, no puedo, no tengo fuerzas para resistirme más a lo inevitable.
-Venga, vamos allá
Cuando me quita el pañuelo en la coronilla solo se ve algo de pelusa, y por la nuca asoman los restos de lo que hace bien  poco era mi esplendorosa melena. Empieza a rapar  mientras, ahora sí, no paro de hablar en un  fallido intento por contener la emoción y por hacérselo más fácil a ella, a mí misma también.  Yo no he tenido valor, pero para eso está Carol, para darme fuerzas cuando no las tengo, a costa de quedarse ella sin las suyas aunque le tiemble la mano, aunque se le quiebre la voz al decirme que es mejor así, que me va  a crecer más fuerte, aunque se le pongan los ojillos rojos, brillantes y más pequeños como cada vez que está a punto de llorar.  
–Por aquí te has dejado un poco de pelo
–A ver si ahora te vas a poner tiquismiquis!!
        Nos da la risa tonta a las dos.
–No, no. No tengo ninguna queja.
–Más te vale. Ala! Ya estás lista.
–Uff!! Vaya tela!! Que pedazo de orejas que tengo!!
–Nada, te las metes por dentro del pañuelo. Y lo redondita que tienes la cabeza ¿qué?
Antes de que me dé cuenta coge el cepillo y el cogedor y deja el baño limpio de pelos. No soy capaz de decirle nada, quizás porque las palabras son demasiado pequeñas para describir lo que acabamos de vivir juntas, lo que acaba de hacer por mí. Las dos lo sabemos y no hace falta hablar.
–Venga, dúchate y ponte guapa. Nos vemos en casa de estos.
Siento alivio, me he quitado un enorme peso de encima y  me doy cuenta de que estoy contenta. Ya está hecho. Mientras la veo salir por la puerta, sé que no me va a decepcionar nunca, que siempre estará ahí pase lo que pase y esa certeza tan absoluta de repente me hace sentir fuerte, muy fuerte: éste cáncer no va a poder conmigo. No le pienso dejar, por ti, por nuestras hijas, por mis padres, por ella, por todos los que me quieren, porque precisamente porque les tengo a mi lado la vida es demasiado bonita como para rendirse y no seguir luchando con todas tus fuerzas.




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