martes, 11 de febrero de 2014

Camino a Caños



Hoy es mi primera sesión de quimio. He llegado puntual, raro en mí. A las ocho ya estaba en el hospital de día. La enfermera más veterana nos llama uno a uno y cívicamente formamos una fila muy ordenada que ocupa toda la sala de espera de oncología. En mi mente se empiezan a suceder imágenes de ganado a punto de pasar al matadero. Quizás es porque aún me cuesta ver a la quimio como mi aliada, la percibo más bien como una enemiga que me va a meter en una guerra en la que no quiero entrar. Por aquello de los daños colaterales más que nada.
Tras echar un vistazo a los demás me doy cuenta de que soy la más joven. Todos tienen edad para ser mis padres; algunos incluso me recuerdan  a mi abuela. Me siento observada con la incómoda sensación de que me miran con pena. Creo que nunca me he encontrado tan fuera de lugar. No me toca estar aquí, pero por alguna razón que mi mente aún no alcanza a comprender el universo se ha empeñado.
Después de un tiempo esperando que se me hace eterno me enchufan al sillón 13 y aparece Marga. La forma en la que se dirige a sus compañeras, su soltura y la seguridad con la que trata a los pacientes me llevan a pensar que es la enfermera jefe. Calculo que será de la edad de mi madre; está teñida de rubia, lleva gafas y no es ni alta ni baja, ni delgada ni gorda. Lo que sí es una mujer con ángel, que diría mi padre, con mucho ángel.
-A ver bonita –se excusa mientras me da un folleto con todos los efectos secundarios a los que me voy a tener que enfrentar –que ya sé que el médico te lo habrá contado todo, pero yo te lo tengo que recordar. 
Con el tono propio del que te tiene que dar una noticia fatal, de esas que marcan, baja el timbre de su voz  hasta convertirla casi en un susurro para contarme, entre otras cosas, que tendré hormigueo en las manos, nauseas, vómitos y que me quedaré sin pelo. Normalmente suelo interactuar con la persona que tengo delante, pero hoy no me sale nada de los labios. Estoy muda, sólo la puedo mirar fijamente y debo estar llorando porque siento cómo me aprieta la mano fuerte mientras me acaricia la cara con ternura.
-No pasa nada  bonita, no pasa nada por venirte abajo, llora todo lo que te haga falta; eso sí, eso es para luego levantarte con más fuerza, que eres muy joven y tienes que luchar.
La verdad es que me ha venido bien desahogarme, me he quedado como nueva, más tranquila. Mi madre no para de ponerme la mano en la frente y de susurrarme palabras de apoyo. Sé que lo está pasando peor que yo.
-Tranquila mi amor, todo esto pasará, pasará y lo verás como un sueño malo. Mi niña, lo que daría por cambiarme por ti.
-Ya lo sé mama, ya lo sé.  
Lo sé porque el miedo se ha convertido en terror alguna vez que la mente me ha jugado la mala pasada de ponerme en su situación.
 Me ha costado, pero al final he conseguido convencerla para que me deje sola un rato, me quedan cuatro horas por delante y lo necesito.
Hace un día precioso en la playa: el sol, dándolo todo, se refleja en toda mi piel, y el aire, muy generoso hoy, es el justo para acariciarme la cara y el pelo sin que resulte incómodo. Tengo El Palmar para mi sola, así que me descalzo y echo a andar  mientras las olas van borrando las huellas que dejo en la arena y el ruido del mar lo acalla todo. A punto de llegar a Caños me paro donde nos bañamos desnudos hace unos años, aquel verano que no parábamos de hacer el amor con eso de que estábamos buscando a Claudia. Salimos del agua, exhaustos, felices, con el mundo a nuestros pies y nos tumbamos en la arena, queriéndonos como nunca, como siempre.
-No sé a quién de los dos nos tocará antes –te dije sonriendo y acariciándote los labios –pero si me toca a mí, quiero que cojas un barquito y tires mis cenizas justo aquí, en este punto.
Te reíste y me besaste.
-Vale, lo mismo te digo.  
Como si supieras donde estaba, en ese momento apareces por la puerta y te sientas a mi lado, abrazándome fuerte y sin soltarme la mano. Sé que lo estás intentando con todas tus fuerzas, quizás porque tus ojos van por libre y me cuentan el esfuerzo que estás haciendo por no derrumbarte cuando me ves conectada a la máquina.  
-¿Qué tal preciosa?
-Hola mi amor, acabo de llegar de darme una vuelta por El Palmar.
Te da la risa.
-¿Y qué? ¿has llegado a Caños?
- Casi, te estaba esperando. Me he parado un ratito en la zona nudista a tomar el sol.

Me besas y nos reímos, ahora los dos, acordándonos de aquel día tan nuestro, tan mágico. Marga se acerca, un poco cortada por interrumpirnos, pero dedicándome una mirada cómplice, de esas que sabemos intercambiar las mujeres, aunque nos acabemos de conocer.
-Bueno, esto ya está Aleida. Te quito la vía y te puedes ir a casa. Ahora ya sabes, a dejar que te cuiden mucho estos días. 

Cuenta Atrás



El plan B no está funcionando. O eso es al menos lo que dicen mis análisis. Ya han pasado tres meses desde que decidí no darme la quimio, o lo que es lo mismo 90 días. Doce semanas de dieta estricta, terapia psicológica, ejercicios de relajación y sesiones de reflexología.  El caso es que más allá de los dolores que de vez en cuando se empeñan en no dejarme en paz, yo me encuentro como una rosa.
Hasta que voy a ver mi oncólogo y me da sin anestesia los resultados de las últimas: “Malas noticias Aleida: los marcadores tumorales se han triplicado, tienes el hígado peor  y un ganglio en la base del cuello. Además el cáncer se ha extendido a los ovarios. Ya sé que dices que te encuentras bien, pero el caso es que estás peor y no lo quieres reconocer. Esto ha venido a por ti y no va parar por sí solo. Si sigues sin hacer nada… yo no soy adivino… pero estaríamos hablando de un año como mucho. No tenemos más tiempo.  Así que te vas a tratar sí o sí: empezamos el día 19 de este mes”. Salgo de la consulta intentando encajar el golpe y, ante el estupor del médico, sin prometerle nada, salvo que me lo pensaré.
Desde que he empezado este camino es la primera vez que me encuentro en un túnel sin salida. Si me doy la quimio pasaré el tiempo que me queda hecha un trapo; si no me la doy, todo irá más rápido y los dolores cada vez irán a más sin dejarme hacer mi vida. Haga lo que haga estoy jodida.
Es curioso, pero la muerte, que ahora se hace más presente no es lo que más me angustia. Es la terrible sensación de soledad la que me pesa como una losa. Nunca he tenido tanto apoyo de toda mi gente como lo estoy teniendo  ahora  y sin embargo nunca me he sentido tan sola. Es como si estuviera atrapada dentro de una cueva oscura donde no hay nadie más.  Me da que tengo mucho trabajo por delante con la psicóloga.
Carol parece haberse dado  cuenta  exactamente de cómo me siento y ha venido a verme esta tarde. El primer whastapp que me ha entrado nada más salir del oncólogo ha sido el suyo. Da igual lo que me pase, siempre está ahí, pendiente; y nunca falla. Hay muchas cosas que sólo le puedo contar a ella, y aun así me corto porque le hago daño. No me lo dice pero sé que está muy asustada.
-¿Sabes lo que no paro de pensar? -le confieso después de ponerla al día-que yo no he perdido a nadie tía, salvo a mi abuelo cuando tenía 4 años, y sí, estábamos muy unidos y me quería mucho, pero apenas le recuerdo.  Nadie me va estar esperando cuando me muera, voy a estar más sola que la una, y muy perdida.
- ¿Estás tonta o qué? Ni se te ocurra pensar eso Ale….- me riñe mientras me pasa el brazo por el hombro.  – No puedes pensar en que te vas a morir pronto porque entonces lo único que vas a conseguir es adelantarlo. Además, todos, más tarde o más temprano nos vamos a ir. ¿Quién sabe a quién le va a tocar primero? Si te vas tú antes… ¡¡¡pues oye, nos vas calentando la casa a los demás!!
Casi sin darnos cuenta pasamos del drama a la comedia – Pues lo lleváis claro, ¡con lo bien que se me da a mí poner la chimenea! Acuérdate el año pasado, que gasté todas las pastillas esas que huelen a gasolina y no había manera de encender los troncos.
Entre risas nos pusimos a recordar la última escapada rural en la que una vez más constatamos lo poco hecha que estoy para el campo y lo bien que se me da contar historias de miedo; tanto que luego me tuvo que acompañar al baño porque era incapaz de ir sola.
-Eso sí – me advierte medio en broma medio en serio – si te vas tú antes que los demás, ni se te ocurra aparecerte como fantasma, que yo me cago tía.

Nadie dijo que fuera fácil



Ha pasado un mes desde que me hicieron la biopsia y ya empieza a normalizarse todo. Yo soy yo y mi circunstancia que decía Ortega. Pues eso: yo soy yo y mi Adenocarcinoma.
Santi, bueno, el Dr. Beltrán me llama a los tres días de que me dejaran el riñón como un colador: “Aleida, ya tenemos los resultados, pásate cuando puedas por el hospital y te cuento”.
Y allí vamos, los dos juntos: yo muy tranquila, tú, aunque te haces el fuerte, no tanto. “Bueno, ya sabíamos que el cáncer estaba extendido y que los dos tumores más grandes tienen el mismo origen. Nos faltaba ponerle nombre y apellidos para ver cómo lo podemos tratar”, me había dicho el Doctor por Teléfono.
Os lo presento: se llama Adenocarcinoma Pancreatobiliar. Y resulta que para este ente no hay cura. Al menos no hay un tratamiento que la medicina  me pueda ofrecer  que me vaya a curar. Eso sí,  ya no me van a quitar el riñón. La cirugía no es una opción porque no serviría de nada.  Y ¿Qué me ofrece la medicina?  Cinco años en el mejor de los casos, o para ser más exacta: “en el muy, muy, muy mejor de los casos” según el oncólogo. Eso sí, sometiéndome a una quimioterapia que me va a dejar hecha un guiñapo. “A ver, eres muy joven, y por ello el cáncer tiene más fuerza. La quimio es por ende más agresiva. Tampoco te creas que es algo muy exagerado, lo normal: perderás peso, te quedarás sin pelo, vómitos ,diarreas, naúseas, hormigueo, posibles infecciones, bajada de defensas….”.
Cuando le pregunto en qué estadísticas se mueven, la cosa no mejora. Por  lo visto sólo dos de cada diez pacientes con adenocarcinoma pancreatobiliar sobreviven cinco años con la quimio. A partir del quinto año salen de las estadísticas porque dan por hecho que  ya no mueren de eso. “Eso no quiere decir que se curen Aleida”, me insiste el oncólogo. No vaya a ser que me haga ilusiones.
  Ocho de cada diez no lo consigue: algunos duran dos años, otros uno, muchos incluso apenas aguantan meses.
“Doctor”, le digo, perdone que sea tan franca “Ustedes me están dando a elegir entre morir de cáncer o morir de quimio”. Silencio. Esa es la única respuesta que me da. Silencio y una mirada que lo dice todo. “Si tengo que elegir, prefiero al cáncer que al menos es algo que está generando mi cuerpo y no un veneno que me van a introducir  por vía intravenosa cada quince días”.  Me comprende y me dice que me lo piense, que aunque ahora esté bien, lo previsible es que en breve no lo esté tanto.
Salgo aliviada de la consulta: muy aliviada. Prácticamente me han desahuciado y por lo tanto ya no tengo que plantearme si darme o no quimio. Sencillamente  ya no es una opción. Así que nada, habrá que trazar un plan B. Ya lo pensaré porque me guste o no  voy a tener que cambiar mi vida: mi cuerpo me lo está pidiendo a gritos. Tanto que  ha creado un Adenocarcinoma para ver si así le hacía caso de una vez. Así, como quien no quiere la cosa.
Te has portado como un campeón. Salimos del hospital tranquilos y con paso firme. Callados, porque no hace falta decirnos nada. Nosotros, que siempre lo hablamos todo, ahora estamos callados. Me aprietas la mano tan fuerte que me duele, pero no te suelto.  Al subir al coche me paro un momento y antes de arrancar te miro, y te digo mientras te acaricio la cara: “Vamos, ya me pueden decir lo que quieran nene; serán médicos y todo lo que tú quieras, pero  yo me voy a curar sí o sí”. Sonríes y me besas antes de susurrarme “no le he dudado ni un momento mi amor”.
Y en ese momento lo sé: todo va a salir bien. No va a ser fácil, pero va a salir bien.

La noticia



-Buenos días, ¿Aleida?
-Sí, soy yo
-Le llamamos del Hospital de Móstoles. El próximo viernes tienes que estar en admisión a las 8 de la mañana. Le ingresan para hacerle la biopsia. Antes tiene que pasar por analítica.
Ha ido más rápido de lo que pensaba. El urólogo me había comentado que tardaría unos 15 días, pero el Dr. Beltrán, mi internista, está encima de ellos para que aceleren. Al final la espera se ha quedado en 7 días. Me gusta el Dr. Beltrán. Es especial, de esos que con su actitud y dedicación engrandecen  la medicina. Se ha saltado el protocolo varias veces para agilizar el diagnóstico y me llama por teléfono para informarme y asegurarse de que tengo bien apuntadas las citas. Me ha dado hasta su móvil por si tengo alguna duda. “Tú tranquila, que cuando yo no quiero que me molesten lo apago”.  Su mirada limpia, su voz serena y la forma tan cálida de ponerme la mano en el hombro son como un bálsamo en medio de esta tormenta.
 El primer urólogo que visité unos días atrás es en cambio, de esos que deshumanizan su profesión. Nada más entrar en la consulta para que me diera los resultados del TAC  va y me suelta, así, de sopetón: “pues siento ser tan directo, pero alguien te lo tiene que decir. El tumor del riñón tiene 4 cm, y hay metástasis en el hígado. Además tienes el tórax lleno de ganglios que parecen que vienen de ahí. Esto tiene mala pinta”. Sí señor: directo fue. “Usted tranquilo Doctor, si es así, pues a ver, me lo tendrá que decir”, le digo mientras me mira con cara de pez, probablemente porque esperaba otra reacción.
 Cuando salgo de la consulta sólo puedo pensar en cómo te lo voy a decir. De repente ya no me siento tan fuerte y me empiezan a temblar las piernas Tengo 36 años y un cáncer que se está extendiendo. Mi cara debe ser un espejo porque nada más verme veo el pánico en tus ojos.
-¿Que pasa mi amor?-  Me susurras mientras me envuelves, pero no puedo contestarte. No hace falta. Ya lo sabes, me has mirado y ya lo sabes.

Comienza el Partido



Os voy a contar una historia. La historia de una mujer de 36 años que se está escribiendo en este momento. Dos hijas, compañero, amigos y familia. Hasta el momento una vida llena de conflictos interiores  a pesar de tenerlo todo de cara.
 Tras una temporada muy turbulenta con una separación temporal que casi acaba con ella, todo empieza a solucionarse lentamente. Se siente en paz por primera vez. En paz consigo misma, con quien es y con la vida que tiene. La disfruta y se disfruta a ella misma. Después de haberlo perdido todo durante unos meses y de estar completamente perdida consigue recuperarlo poco a poco, y por fin empieza a atar cabos, a disfrutar el presente. Ya no tiene miedo.
Un día va al médico porque tiene unos dolores que no la dejan tranquila. Tras un par de meses en las que le hacen todo tipo de pruebas llega el diagnóstico: tumor cancerígeno de 4 cm en el riñón con metástasis en hígado y tórax. Nunca se ha sentido más serena que en ese momento.
Me llamo Aleida y  ésta es mi historia, la de la batalla que he comenzado a librar por mi vida.  No conozco el final, pero sí que acabe como acabe pienso ganar. Y por goleada.
    




miércoles, 5 de febrero de 2014

Con C Mayúscula

Hace ya algunos meses empecé a escribir sobre la tormenta que había provocado el Cáncer al entrar en mi vida de golpe. Sin intención de publicar nada, por aquello de que me gusta compartir más lo bueno que lo malo. Ponerlo en el blog suponía exponerme demasiado y quizás por timidez o por pudor, o quién sabe si por las dos razones, cree un alter ego y fui colgando lo que escribía en una web de relatos.
 Que salieran ahí y no en Mujer Imantada  era quizás un acto de cobardía, una forma de protegerme: lo contaba, pero en voz muy baja, de forma anónima que es más fácil. Tuve muchas dudas al respecto. No por si a los demás les parecía bien o no; eso, sinceramente, nunca ha sido una razón de peso para tomar o no una decisión en mi vida. Lo que no tenía tan claro era cómo me iba sentir yo al  “desnudar” mi mente y mis sentimientos  delante de todos. Así que probé: fui compartiendo algunos relatos de los que subía a la web en el face.
Para mi sorpresa, me he dado cuenta de que el hecho de que personas con las que no tengo contacto desde hace más de diez años más allá del ciberespacio me hayan mostrado su apoyo, lejos de agobiarme, me está haciendo sentir muy bien. Y lo que es más raro aún, las palabras de aliento que me han dejado algunos desconocidos me han arropado como nunca imaginé que lo harían.
El caso es que como no acababa de dar el paso, un día de estos en los que la duda no me dejaba tranquila, el cosmos va y se pone pesadito y  decide darme un último empujón: pongo la  SER y resulta que en La Ventana un periodista al que le han diagnosticado un tumor en el cerebro está contando que ha abierto un blog para narrar cómo se está enfrentando al Cáncer. Decía que escribía para averiguar lo que  siente.  
Así que nada: iré subiendo -con la etiqueta Con C mayúscula- mis anécdotas, sentimientos, reflexiones y todo lo que me acompañe en este viaje para el que la vida me ha dado billete en clase preferente. Sí, vale, es un acto egoísta por aquello de que la escritura siempre ha sido un ejercicio terapéutico. Pero también he pensado que igual puedo ayudar, aunque solo sea un poquito, a que os deis cuenta de lo alucinante que es la vida, y de lo triste que es, no el hecho de morirse, sino no saber vivirla. Esto último no lo digo yo,  lo dice Mario Alonso Puig en su libro “Vivir es un Asunto Urgente”. Perdonadme, pero es que me venía al dedillo para terminar.




martes, 28 de enero de 2014

A la Marea Blanca

Hace cuatro meses me diagnosticaron un cáncer en el Hospital Universitario de Móstoles. Desde entonces no he podido más que constatar semana tras semana la grandeza y la profesionalidad de todos los médicos y enfermeras  que me estoy encontrando por el camino. La primera fue mi médico de cabecera que no dudó en mandarme todas las pruebas necesarias para ver qué me estaba pasando cuando se dio cuenta que mis dolores iban más allá de un cólico al riñón.  Luego tuve la inmensa suerte de toparme con un médico internista que estuvo todo el rato pendiente de que las pruebas diagnósticas se realizaran en un tiempo prudencial y de que no me saltara ninguna. Incluso me dio su móvil personal para que le contactara si tenía alguna duda y me dio acceso a su despacho sin cita previa para hablar con él cada vez que lo necesitara. También me acompañó personalmente en mi deambular hospitalario para hacerme varias pruebas y visitar a los especialistas. Eso por no hablar del tacto, la serenidad y los gestos de apoyo que me mostró cuando tuvo la certeza del diagnóstico. Cuando ya no podía hacer más, se ocupó personalmente de que mi caso lo llevara el que él consideraba el mejor oncólogo del Hospital. Yo no quise tratarme por las pocas opciones que me daban; pero mi oncólogo no se rindió. Aun respetando mi decisión, siguió citándome cada  quince días para ver mi evolución, hasta que vio con alivio cómo cambié de idea y decidí empezar con la  quimioterapia. En mi primera sesión en el Hospital de Día de Oncología me derrumbé, y la enfermera jefa no lo dudó: se acercó a mí y me apretó la mano fuerte mientras me acariciaba la cara con ternura : “No pasa nada  bonita, no pasa nada por venirte abajo, llora todo lo que te haga falta; eso sí,eso es para luego levantarte con más fuerza, que eres muy joven y tienes que luchar”.

Éstos son sólo algunos ejemplos; podría daros muchos más, pero tampoco es plan de aburriros. El caso es que cada vez que voy no dejo de maravillarme con la calidad humana de todos los que trabajan en oncología, con los gestos y palabras de apoyo que dedican a los pacientes que están recibiendo quimio, muchos de ellos con más miedo en sus ojos que esperanza.  

Son éstos profesionales los que llevan meses saliendo a la calle y luchando en los tribunales para evitar que esta Sanidad Pública desparezca, librando  una batalla por ellos y por sus derechos sí, pero sobre todo por todos nosotros. Con la marcha atrás del plan de privatización puesto en marcha por la Comunidad   han conseguido una victoria enorme para Madrid  y por extensión para toda España. Nos han demostrado que aquella cita tantas veces repetida, es ahora más cierta que nunca: “si luchas puedes perder,si no lo haces estás perdido”. A todos ellos sólo les puedo decir una cosa: Gracias. Por todo.